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Desde el momento que el bebé nace, se encuentra en un estado de indefensión absoluta que lo lleva indefectiblemente a depender de otro. Este otro, es quien deberá leer y decodificar las señales que este bebé emita, para que interpretándolas pueda satisfacer sus necesidades y demandas.
Esta indefensión originaria con la que cada ser nace requiere, no sólo la atención de sus necesidades básicas para subsistir, sino que también implica el ser mecido, acunado, amado, sostenido, mirado y deseado por otro ser único capaz de entender lo que este niño necesita.
Ese otro no es más que la madre (o quien pueda cumplir la función), quien va a ir produciendo sus marcas en él, precisamente a partir de cómo signifique los llamados que su hijo emita.
La madre será quien muestre a su hijo el mundo, quien le decodificará los mensajes del exterior para que este niño pueda empezar a insertarse y crecer en sociedad.
Es por eso, que la existencia humana cobra sentido por la existencia de ese otro, por el vínculo de amor que se forma entre madre e hijo. La función materna es la de protección, apego, crianza, amparo emocional y físico, sostén.
La madre logra transformar exitosamente el hambre en satisfacción, el dolor en placer, la soledad en compañía, el miedo de estar en un mundo nuevo y desconocido en tranquilidad.
La vida del bebé depende del primer encuentro que tenga con su mamá, hecho realidad en el contacto piel a piel, en el sostenimiento en brazos, en el juego de miradas, de caricias, de gestos. Y es en el cuerpo de este nuevo ser donde se inscribirán las primeras palabras, deseos y anhelos de quien lo ama profundadamente.
Entre ambos (madre-hijo) se desarrolla un lenguaje especial. El bebé responde de acuerdo a sus potencialidades, con lo que trae y con lo que la propia interacción con su madre va creando. Hay una realimentación constante; en esa interrelación, se vislumbra la expresión de los afectos puestos en juego entre ambos.
La madre baña con su lenguaje de amor a su bebé y en un encuentro de deseos decodifica lo que el hijo expresa a través de su cuerpo, de sus señales y gestos.
La voz materna, su cadencia, tono y ritmo arrullan al bebé y ponen en palabras sentimientos, emociones e historia. Desde el momento que viene un hijo al mundo, ambas vidas se modifican para siempre, fortaleciéndose en un continuo interjuego de amor…el uno (madre) cría, presenta el mundo y se dona como sujeto de seguridad, contención y amor; y el otro (hijo) devuelve un rol y una función a quien se ha venido preparando a lo largo de su historia como mujer.
La madre es quien acompaña y nutre con su amor el desarrollo de su niño.
 Pmsta: Analia Bernardi Staff nascere Estimulación Temparana
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